17 de febrero de 2012

Sin cabeza 1


Te ves atrapado en un círculo más grande que los cielos
y todo lo demás carece de importancia. Has descubier
to
que sólo nos han enviado a pastar. Animales
ignorantes a quienes se ata largo.

Keiko, lasciva personaje de Yukio Mishima.








Propensos a ella —divina o pacheca, iracunda o aburrida…— perdemos la cabeza alguna vez.
Nos tropezamos con ella —la propia o de alguien más— cada determinado tiempo y si tenemos suerte, será levantada y colocada donde, si no es el lugar correcto, por lo menos se le permita seguir funcionando con el cuerpo de acuerdo a lo cuerdo.
Pese a saberlo —lo común que es el extravío—, solemos confundir ese hecho con ciertas actitudes o fachas o momentos que según nosotros
son dignas de aplauso o admiración: desarreglo como exotismo, agresividad como arrojo, estupidez como extrema genialidad, nihilismo como aburrimiento, ocurrencia como ironía e ironía como la agudeza democratizada —¡bienaventurados nuestros días, cuando basta proponérselo para alcanzar las cotas más altas del ironista implacable, mordaz, irremediable!— Etcétera.
Con todo, llegado el momento, cuando menos lo advertimos —de inmediato, si se tiene un olfato muy desarrollado—, huimos de quienes dejan ver esas actitudes, fachas o momentos. Por supuesto, se volverá trágico si la persona en tal caso somos nosotros mismos.



No habiendo dejado que nuestra cabeza creara su propio mundo, con sus genuinas ideas, supersticiones, fantasías, anhelos incluso políticos, objetivos de alguna índole, en fin… un día el vicio de empeñarla en las modas, aun las que parecen del ‘genio y figura’, termina. Algunos nos cansamos, abandonamos los grupos o relaciones posadas, etcétera. Aunque de golpe no podemos separarnos de todos, nos acompañamos de algunas personas entrañables que también deciden andar por fuera, muy pocos; y quién sabe porqué algunos de ellos mueren, otros se van lejos, y así uno va quedando solo de veras.
Más allá de esa soledad, lo que se impone ante uno es elegir el rumbo; ahí vamos, dando tumbos, eventualmente lo lograremos, encontraremos puerto de partida, tendremos que inventar nuestra cartografía y ponernos a trabajar —cuando cada gesto, actitud y momento, es significativo, trascendente, dotado de sentido; y los alardes terminan por ser divertidos.
Eso, el trabajar en lo propio, tarde o temprano nos lleva a la colaboración con gente: para trabajar en lo suyo y en lo nuestro. Entre esas personas habrá de todo: quienes sigan su moda, quienes no tengan ni hayan tenido alguna, quien no sepa qué haría sin ella… Por nuestra parte, sólo dejaremos pasar a la cocina a cuentagotas, cada uno decidirá cómo. Yo me quedo con quienes conservan su brillo con frecuencia a pesar de sí mismos.
¿Y qué pasa cuando ese brillo desaparece o su propietario lo mira como anómalo? Hacen todo por alejarse, por dinamitar la relación —tan amados de sí mismos.



Hay una forma de perder la cabeza que sobresale, me refiero a las situaciones de dependencia, sea por amor, por inseguridad, porque el sujeto se sabe de difícil aceptación… En fin, porque sólo se haya en presencia del otro, por alguna razón.
En octubre pasado, como parte de la conmemoración de los 40 años del movimiento del 68, Radio UNAM emitió una serie de cápsulas en las que confrontaba opiniones de dos invitados, uno de aquellos años y otro de los nuestros; esto es, una persona de alrededor de 60 años y otra que anda en los veintitantos. Una de las segundas fue Jessy Bulbo, exbajista de Las Ultrasónicas. Ella, al final de la cápsula, se lamentó porque fuera una imposición la independencia personal. Yo también lo lamento, y creo que habría que rastrear (pido una historia de esa idea) dónde está el origen de la obligación de ser —o mostrarse, para el caso es lo mismo— independiente. Lo inhumano en ello radica en que no sabemos establecer relaciones basadas en la dependencia, ¡y son tantas y tan variadas!

[Publicado originalmente en febrero de 2009]



27 de mayo de 2011

La ana

Era mi novia. O eso quería yo. Ella no.

Insistía en la imposibilidad de cualquier relación entre nosotros, tradicional o excéntrica.

Le gustaba mucho hablar de las profundidades del alma. De su alma.

No puedo recordar con exactitud cómo era que decía. —¿Y su voz?

Únicamente tengo esa sensación de haber sido un predestinado… Esa sensación reservada a unos cuantos, de haber presenciado lo inefable; al mismo tiempo, la corazonada de estar evocando una ilusión, un modo de mentira, el tipo de verdad cuya apariencia es la invención, el desvarío típico del alucinado merecedor de burlas. No importa, los escogidos somos portadores de una verdad destinada a perderse por falta de oídos dispuestos a creer; esa soledad la han vivido tantos, incluso los propios maestros: sabios, adalides, magos, filósofos, místicos y enamorados, por mencionar los tipos más comunes.

Porque está en las formas limitadas de la creencia humana el resistirse a la evidencia de lo extraordinario. Nos negamos a reconocer la grandeza cuando la tenemos enfrente, aunque después haya quienes deseemos haberla registrado de alguna forma para esgrimir esas pruebas en defensa de nuestra palabra…

Fueron innumerables nuestras pláticas, a veces parecían infinitas, nos daban las tres o cuatro de la madrugada. Como cualquier sabiduría, la de Ana seguía multitud de caminos para llegar al mismo territorio ignoto para la inteligencia promedio. Unas ocasiones comenzaba por algo similar a un cliché, otras por un comentario ligero, gracioso, lépero, cínico; también tenía momentos crípticos, emitía un enigma y uno debía esperar a que ella lo revelara previa mirada compasiva, sonrisa, caricia y cigarro.

Un día, tras uno de sus secretos no siguió nada. Esperé prudentemente, o tal vez dejé pasar el tiempo para observarla fumar en silencio, los ojos entrecerrados, la cara vuelta a un tiempo y un lugar donde —lo tenía bien claro yo— ella entraba sin acompañantes.

La miré enamorado, ese era mi privilegio.

Mis ojos siguieron distintas rutas, de sus labios a sus oídos, de las comisuras de sus ojos a las raíces de su pelo, de su nariz al contorno de su barbilla, de su pecho a su cadera, de su piel morena al tornasol de su espíritu… Qué se yo.

La contemplé detenidamente.

La eternidad me regalaba una porción y la aproveché a conciencia: la memoricé por enésima ocasión.

La vi de un extremo a otro.

Acaso en ese trance me di cuenta de mi carácter de elegido. Justo cuando cualquiera se hubiera sentido incómodo y hasta ridículo en medio del silencio, yo me reconocía en presencia de un misterio.

La observé a mis anchas.

Seguí sus manos llevando el cigarro a sus labios, tallar algún lugar en su cara, rascar con las yemas una comezón en su pierna, aventar la colilla para acomodarla con arte de prestidigitador entre las barras de la alcantarilla, y acto seguido acomodar su pelo.

Mirarla. Una vez. Otra más.

Sin embargo, en cierto momento me pareció que esperaba una respuesta a su confidencia. Dudé. Quise proponerle emprender camino, ir por un helado, porqué no al cine.

—Sí, hay quien nació para sufrir —hablé casi sin darme cuenta.

Como podía ser cruel, esperé una andanada de frases duras, acaso un pues es lo que hay, si quieres, si no, ya sabes; o bien un me vale madres lo que pienses, total, ya bien pronto te voy a mandar a la chingada; o sigues perdiendo el tiempo siendo tan cursi, mira las cosas, date cuenta cómo a ninguna le importas.

—No. Yo desde antes —dijo.

Con ella empecé a andar —si así puedo decirlo puesto que en contadísimas ocasiones estuvimos en un lugar distinto a su sillón o su cama— hace unos dos años. Unos meses pasado el accidente que marcó mi cara, un infortunio sucedido la noche anterior a diciembre, cuando mi amiga Florencia y su pretendiente me invitaron a la Cantina Centenario; bebí una buena cantidad de cervezas, me metí una ensalada de mostaza con azúcar glas y camino de regreso perdí el equilibrio en mitad de la calle, junto a una hermosa jardinera. Justo debajo del pómulo izquierdo se me enterró una de las puntas de la reja de la jardinera, todo fue muy rápido, la cara de urgencia de Florencia, su mandato de vámonos, vámonos, eso está muy grave, mis gritos a la entrada del hospital: qué no hay nadie aquí, atiéndanme que me estoy muriendo.

A pesar de no haber perdido la conciencia, al llegar la doctora me durmió; y no obstante salvarme la visión del lado izquierdo, sus honorarios por la cirugía más los de la hospitalización me salieron en un ojo de la cara. La barra hirió a profundidad, casi hizo completa la trayectoria que los médicos conocen como la matriz de Gage; es decir, alcanzó el lóbulo frontal, con mayor precisión la zona ventromediana dorsolateral izquierda, aparte de haber rasgado la dorsolateral derecha por mis movimientos para zafarme del barrote.

Desperté casi dos días más tarde con una curación inmensa. Hágase de cuenta una bola de hinchazón, algodones, vendas y catéter. El lado derecho de mi cara libraba escasamente el bonche; los sedantes me permitían hablar a medias y sin dolor, incluso responder la bromas de Florencia, que no paraba de tomarme fotos. No fue lo que te metiste en la Centenario sino una cáscara de caset (sí, increíble, hay quien sigue usando casets). Florencia recuerda haber ido abrazada de su pretendiente, ver un brillo tirado unos pasos delante de mí, reconocerlo como la caja de un caset, decirme aguas ahí, mi comentario de lo lindo de la jardinera, cómo resbalé, levanté la patas y su idea clarita de este güey ya se mató.

Pasé varias semanas en casa durmiendo en periodos nunca mayores a quince, veinte minutos, de día o de noche, saliendo a la calle únicamente para ir al consultorio de la doctora a cambiarme la curación, comiendo pequeñísimos trozos de la comida preparada por doña Angie, pensando en los pendientes del trabajo. Se podría decir que sufría. Pero la más grande sorpresa llegó cuando por fin la doctora dejó mi cara libre de vendas: su arte quirúrgico dejó una líneas donde yo imaginaba quedaría un boquete digno competidor de la deformación de Xenakis, y del mismo lado. Para nada. Las cicatrices con el tiempo se han suavizado, quienes me ven sin información previa suponen alguna cortada grande y profunda (la misma creencia de Ana), pero no la herida verdadera; han llegado al extremo de proponer una versión alterna a la historia de Florencia: que en realidad caí sobre el vidrio de la puerta de mi balcón, roto desde hace meses (tengo que cambiarlo, me digo de tanto en tanto), y seguramente por intentar bailar, porque tú cabrón, bailas horrible, eres un peligro para la estética del baile y para la gente, al menos esa vez tú fuiste el único herido.

En el trabajo las cosas fueron simples. Recién llegando de mi convalecencia, saqué los pendientes acumulados, y sí, admito no ser el de antes, me hice algo temerario y… para decirlo ya: conozco cuáles son lo verdaderos miedos de las personas. Si había una junta importante, yo aventuraba propuestas audaces dejando a todos boquiabiertos. Si para algo me urgían, de inmediato me escuchaban discurrir acerca de la banalidad de lo urgente ante el peso de lo importante. Todo era inútil, nadie, ni propios ni extraños comprendían. Limitados del pensamiento, un día me citaron para explicarme cuánto había cambiado: entendemos la magnitud de tu accidente y valoramos tu valor al regresar a trabajar, sin embargo, creemos que tu comportamiento ya no representa la institucionalidad que aquí necesitamos y hemos pensado que es mejor que quedemos en los términos que a todos nos convengan… aquí tienes… Tomé el cheque sin mirar la cantidad. Extendí la mano y estreché las del otro lado. Era demasiado para ellos y estuve de acuerdo.

Para ese momento Ana —a decir verdad, lo único importante para mí, ella— y yo cumplíamos casi un tercio de año de estar juntos, si se me permite decirlo de esa manera, algo que a ella le resultaría, sin duda, digno de una mueca agria, justo igual a la de su cara al revelarme la mayor de sus profundidades: Yo soy sufrimiento. Fue en ese momento, lo sé ahora, que empezó a morir nuestra no–relación. Un timbrazo en mi celular, contesté de manera automática: ¿Señor Lo Hiancia? Sí, dígame. Soy el neurólogo Antonio D’Nasio, su teléfono me lo dio la doctora Claudia Mon… Sí, la doctora. Exactamente, ella me dio su teléfono, estoy interesado en su caso precisamente, le llamo porque me gustaría hacer una cita con usted, quisiera platicar con usted; mis servicios no le causarán ningún gasto, estoy en un grupo de estudio sobre casos de lesiones como la suya para un centro de investigación en neurología y psicología, ¿no sé si le interese? Sí, dígame. Bueno, si le parece bien, en un momento le enviaré a su celular un mensaje con mi dirección, ¿le parece bien una cita para mañana a las tres de la tarde? Sí.

La llamada no interrumpió mi embeleso por ella, pero sí rompió nuestro instante de comunión. Iniciamos la ruta a su departamento, como todas las noches nos besamos en el sillón con la tele prendida hasta la llegada de su rumy, ellas intercambiaron pormenores del día; nos enfilamos a su cuarto, nos desnudamos y siempre me he preguntado porqué jamás iniciamos el ritual en la cocina o en el baño, en la escalera del edificio, en la calle… Ya cállate, exigiría ella si me escuchara solicitando al pasado una rutina de novios enfebrecidos en vez de aquella de matrimonio reciente y aburrido.

A Ana la conocí un mes antes del accidente, en la cola para entrar a un teatro a finales de octubre, y la volví a encontrar en marzo siguiente casi por casualidad, charlamos largo rato de esto y aquello, nos pasamos los teléfonos y a los pocos días nos enviábamos mensajes para ir al teatro, a tomar cervezas, a comer pizza, a platicar. Así me enteró de su costumbre de ser despiadada, la peor de todas (estoy bien podrida), y la consiguiente soledad a pesar de saberse rodeada de incondicionales camaradas (la verdad, soy bien buena onda). Después se mudó de departamento y me invitó a conocerlo.

Con D’Nasio pasé por el examen para síndrome cerebral orgánico, de la escala Wechsler de inteligencia de adultos, de memoria inmediata, verbal y visual, las pruebas normalizadas de Benton de discriminación facial, los exámenes multi–Rey y multilingüe de afasia, las pruebas de orientación geográfica y de construcción de bloques bi y tridimensionales, la copia de la figura compleja de Rey–Osterrieth, vaya, incluso por las anquilosadas figuras de Rorschach. Las evidencias hicieron sonreír a D’Nasio: en todo salí promedio, bien, muy bien o excelente. Su expresión era la de un feliz desconcierto.

—¿Qué está tomando, doctor?

—¿Cómo dice usted?

—¿Que qué está tomando? ¿Qué hay en su vaso?

—Ah, un poco de huisqui en las rocas. —Y luego:— Bueno, supongo que no disminuirá en nada su IQ si se toma un huisqui conmigo, ¿no le parece?

—No sé qué me parece.

Entornó los ojos, frunció tenuemente el ceño, pasaron unos segundos, tal vez el silencio llegó al minuto y, en fin, se levantó para servir, regresó con dos vasos y puso el mío a la altura de mi cara. Ahí lo mantuvo un ratito; en seguida optó por bajarlo casi hasta mi mano en mi pierna. Agarré el vaso. Él caminó muy lentamente a su lugar, yo diría que iba reflexionando, se acomodó en el sillón con la cabeza recargada en el cojinete del respaldo y brindó: por su lesión.

—Sí, por mi lesión.

—Y dígame, ¿cómo fue que sucedió? Quiero decir, no solamente el accidente, también la operación, la recuperación, me imagino que habrá pasado noches de insomnio insoportables… Sabe, en esos casos, si bien no en todos, a nadie sorprende que el paciente tenga pensamientos suicidas. El paciente de un colega se mató.

—Pues miré, doctor…

Recordé en voz alta las horas, los días, y en más de una ocasión sorprendí a D’Nasio arqueado las cejas sorprendido, puede ser por lo fidedigno y pormenorizado de mi relato. De pronto levantó la mano para detenerme y me callé. Oprimió el botón intercomunicador de su teléfono para decir a la señorita Julia, su bienformada secretaria, que cambiara sus citas de ese día para mañana. Siga, me pidió. Continué, terminé y volví a guardar silencio.

—No ha bebido nada.

—No.

—¿No tenía ganas de un huisqui?

—Si usted lo dice —bebí de un golpe medio vaso, el dio un sorbo al suyo.

—Y dígame, no siente tristeza por lo que le pasó.

—Si usted lo dice.

—… Oquéi. ¿Siente tristeza por lo que le pasó?

—No.

—¿No?

—No.

—No. Salud.

Me preguntó por mi familia, quiso saber si tenía novia y si la quería —estoy enamorado, como todo el mundo, eso lo sabe ella y todos, yo mismo lo he dicho— y cómo eran mis días de desempleado. De todo le informé con pelos y señales.

—¿Y ha buscado trabajo últimamente?

—He tenido dos. El primero fue como ejecutivo de cuentas en una empresa de autopartes, y no me iba mal.

—Pero ya no trabaja ahí, ¿por qué?

—Envidias. Era el mejor vendedor…

—Y aun así lo… dejaron ir.

—Sí.

—¿Y el segundo empleo?

—En una tienda departamental.

—Cuénteme mientras me sirvo otro trago.

Se divirtió escuchando de cuántas formas se puede engañar a los compañeros y a los gerentes cambiando de un lugar a otro los productos de piso…

—¿Piso? ¿Tenía varios pisos la tienda?

—Piso de ventas. Ya sabe, llevaba algunas cremas al departamento de juguetes, vinos a dulcería, etcétera.

—¿Y cómo lo hacía?

—Tomaba las cremas y las…

—…para que no lo vieran.

—No me veían.

—… ¿Lo corrieron?

—Sí.

Le expliqué: en la tienda quisieron saber porqué se movían las cosas, analizaron las cintas de circuito cerrado.

—Sigue sin beber, pero no beba si no quiere.

—No tengo sed.

—Está bien.

Él sí quería, fue dando pequeños tragos sin dejar de ver sus hielos. Pensaba, qué duda cabe.

—Quisiera saber si siempre ha sido grueso.

—¿Grueso?

—¿Cuánto pesa?

—Pues no me he pesado desde hace tiempo, yo creo que peso lo mismo.

—¿Cuánto?

—Setenta y dos kilos.

—¿Setenta y dos kilos! A ver, veamos —por fin dejó su vaso, agarró mi expediente, lo ojeó—… Usted mide un metro con setenta centímetros, así que si su peso fuera de setenta y dos kilos debería estar delgado, ¿o no?

—Así es.

—Aquí dice que pesa noventa y siete kilos.

—No. Yo peso setenta y dos. Setenta y cinco cuando mucho.

—¿Cómo?

—Así es…

—Lo escuché… Es que… A ver, espéreme un minuto.

Se levantó apresuradamente, salió del consultorio, tardó más de un minuto, yo diría unos seis minutos. Llegó cargando un espejo de cuerpo entero —lo habrá arrancado de alguna pared—, acompañado de la señorita Julia.

—Señorita, deténgalo por favor.

—Lo, levántese y párese frente al espejo —me levanté, me paré delante del espejo, el me quitó el vaso de la mano—. Dígame, qué ve.

—Soy yo.

—Sí. Quiero decir: ¿ve a una persona delgada o gruesa?

—Como soy yo.

—¿Usted es delgado o gordo?

—Yo soy el de mejor cuerpo aquí.

—Eh… eso no le pregunté.

—Ella está hermosa.

—Tampoco le pregunté eso. Deje el espejo, Julia. —Le entregó su iPhone y bebió del que era mi vaso.— Usted, ¿está delgado?

—Claro.

—¿Podría quitarse la playera?

—Podría.

—Quítesela, por favor.

—¿Tiene apetito?

—¿Qué… Quítesela, por favor, insisto.

Le di gusto y noté un brillo especial en los ojos de la señorita Julia, incluso me fotografió. Sin embargo, D’Nasio insistió en preguntarme sobre mi complexión, así pasamos alrededor de diez minutos, o doce; la señorita Julia parecía hacer esfuerzos, no sé si por sostenerme la mirada o por querer ir al baño. Ahí terminó la consulta.

Pasaron ocho días antes de volver a recibir una llamada de D’Nasio. Me citó.

—Escúcheme con atención, Lo. Es muy importante lo que tengo que decirle.

Escuché su teoría sobre los efectos de la lesión en mi cabeza y una vez más se lanzó con una lista de preguntas absurdas: si entendía su exposición, si me daba cuenta de la magnitud del daño, si podía comprender la diferencia entre mi percepción de mí mismo y mi apariencia real, si me había percatado de cuánto había cambiado mi vida. La reunión fue larga una vez más. Él no parecía entender nada. Yo sí. Él hablaba de Phineas Gage, un pobre diablo del siglo antepasado. Yo le dije: D’Nasio, entiendo todo, de veras.

—Lo, para abreviar: ¿se da cuenta de que en el tiempo que llevamos de vernos, en las semanas que ha pasado usted yendo y viniendo aquí, en la cita anterior de cuatro horas y media, y en esta, que llevamos casi —miró el reloj en la pared a espaldas mías, con un fondo de silueta de cerebro seccionado al estilo de las figuras de reses en los muros de las carnicerías— tres horas, en ningún momento, ni por asomo, ha demostrado algún tipo de incomodidad? Y cuando cuenta de su accidente no parece tener sentimientos de tristeza o frustración, tampoco por haber perdido su vida anterior, ni siquiera cuando habla de cómo tiene usted relaciones sexuales con su novia demuestra un poco de incomodidad.

—Ana y yo tenemos relaciones sexuales satisfactorias, ella siempre se encuera para que yo la desee. Yo la busco con mis dedos, mis manos, mis labios, mi pecho. A ella le gusta emborracharme, pero lo hace para excitarnos, si bebemos mucho es por sus botellas. Nuestros juegos sexuales pasan por todas las formas. Y al día siguiente le canto cuanto mi cerebro trae en la cabeza. No siento porqué debería ser de otro modo.

Me miró y por un momento tuve la idea de un grito suyo.

—Lo. Le haré una última prueba. Por favor. Le mostraré dos imágenes, pero por favor, tárdese en decirme qué ve. Por favor.

—Por favor.

—Le enseñaré dos fotos y… por favor, y sé que me entiende per–fec–ta–men–te —sacó de un sobre dos fotografías, me las dio—… tenga, vea la primera sin descubrir la segunda hasta que yo le diga.

—Dígame, qué ve.

—Un vientre.

—¿Cómo es ese vientre?

—Redondo.

—Descríbalo, por favor.

—Es… La foto tomada de tres cuartos de un vientre voluminoso. El vientre está caído, tiene un vello central que desciende desde un pecho a medias peludo, un ombligo grande y redondo, y la luz no es buena…

—Sí, no —soltó aire—… Siga, siga.

—Sigo. Es una barriga grande, de alguien que ha bebido mucho y comido mucho. Le creció, y por lo grande ha de ser pesado, la prueba es que cae, hace un pliegue arriba de los genitales, incluso la panza alcanza a cubrir el resorte del calzón…

—Deténgase —suspiró—. Me voy a servir un vaso y, por favor, en lo que me sirvo, piense sin decirme nada, sólo piénselo, en los días en que estuvo en su casa, los días subsiguientes a su operación por el accidente. Específicamente quiero que recuerde cuando iba a su casa doña Angie. ¿Está bien?

—Sí.

—Bien.

Pasó su mano derecha por su frente. Suspiró una vez más y se levantó para servirse un huisqui. Yo lo miraba. Regresó a su lugar, bebió. Me miró.

—¿Recuerda?

—Claro.

Puso los codos sobre el escritorio, entrelazó los dedos a la altura de su boca.

—¿Qué pasó entonces?

—Doña Angie llegaba diario a mi casa a las once de la mañana, once y veinte cuando mucho. Yo por lo general todavía estaba en la cama, dolorido y fastidiado por la mala noche, ella me saludaba y preguntaba si quería desayunar…

—¿Cómo le preguntaba?

—Buenos días, Lo, ya llegué. ¿Quiere desayunar?

—¿Y usted qué respondía?

—Quiero desayunar.

—¿Y ella qué decía?

—¿Qué quiere desayunar?

—¿Y usted qué respondía?

—Quiero desayunar.

—Y desayunaba.

—Ya ve, usted lo recuerda bien, ¿para qué quiere que le cuente de nuevo?

Apoyó la frente en las manos, las desenlazó, agarró el vaso y bebió.

—Siga, por favor, no se distraiga.

—Ella hacía el quehacer del departamento y luego se ponía a cocinar la comida.

—¿Qué preparaba?

—De todo: sopa de pasta, crema de chícharo o de brócoli, milanesas, pollo encacahuatado, no enchilado ni puerco porque me lo prohibió la doctora; agua de…

—¿Qué le gustaba más a usted?

—Me gustaba más…

D’Nasio quedó mirándome fijamente.

—¿Qué?

—Que.

—¿Qué le gustaba más?

—Me gustaba…

—¿No lo recuerda? —Sonrió y bebió.

—Sí. No.

—¿Sí? ¿No?

—Sí.

—¿Qué?

—Que…

—¿Lo ve?

Bajé la mirada a la foto.

—No la foto, sino… El recuerdo de sus gustos. Dejémoslo ahí. —Bebió.— Aunque antes dígame: ¿cuántas veces al día comía?

—Tres.

—El desayuno.

—El desayuno.

—La comida.

—La comida.

—¿Ella a qué hora se iba?

—A las seis, siete cuando mucho.

—¿Y usted a qué hora cenaba?

—Desde las seis, siete cuando mucho.

Se aventó hacia atrás con los brazos bien apoyados en la orilla del escritorio y una sonrisa amplia. Estiró el brazo para agarrar su vaso.

—¿Qué le decía ella cuando se iba?

—Ya ve, ya está aprendiendo a comer bien.

—¿Y usted qué hacía?

—Comer bien.

Sin dejar la sonrisa asintió y sacudió la cabeza negando, pienso que estaba confundido. Se talló un ojo y se levantó para servirse de nuevo un huisqui.

—Vea la siguiente fotografía, por favor.

Le hice caso.

La panza era más pequeña porque en la imagen estaba todo el cuerpo y mi cara arriba de él.

—Es mi cara.

Regresó la vista a mí antes de sacar un hielo con la pinza de la hielera.

—Es usted —regresó a su tarea.

—Sí, soy yo.

—¿De veras se reconoce? —Dio media vuelta agitando los hielos en su vaso.

—¿Por qué no? Me veo diario en el espejo, es mi cara.

—Ah, no. Es su cuerpo.

—No es mi cuerpo.

Entonces sonó mi celular, era de un trabajo, me aceptaban. D’Nasio y yo nos despedimos.

Un mes después desperté en el cuarto de Ana. Ella me dijo que estaba crudo y levantó un cadáver de Johnny Walker de un lado de la cama. Estaba amorosa de manera inverosímil.

—¿Te emborrachaste? —le pregunté, se rió, cayó sentada a los pies de su cama.

—De veras que te pones bien denso. Ándale, vístete, apúrate en lo que te preparo de desayunar, ya es bien tarde, te van a correr.

Salió del cuarto, me dolía la cabeza y estuve a punto de caer…

Vi un barandal y cerré los ojos.

De pronto ella estaba parada junto a mí, agarrándome la cabeza.

—Pobre jodido. No tienes cabeza y el tiempo para ti es muy raro, haces lo que quieres con él.

La miré.

—Ya, no me hagas caso. Creo que también tengo cruda. ¿Quieres huevito?

—Quiero huevito —me jaló el cabello—, ¡ay!

—Apúrate o báñate, pero apúrate, ya son más de las once.

—Me baño.

Sentí el agua caliente en mi espalda al agacharme a ver el dedo pequeño de mi pie izquierdo. Tenía un lunar y pensé que era como una copia diminuta del lunar redondo de mi cara, como una luna llena de negro.

Salí del cuarto ya vestido y la busqué en la cocina, quise besarla, amasar sus nalgas y ella se rió, ¡ya güey…!, ya vete que te van a correr.

—Tienes los ojos rasgados y la piel muy morena —quedó con la sonrisa quieta.

—No mames. ¿…te acuerdas todo lo que me dijiste ayer?

—Sí. Porqué no.

—¿De todo?

Se puso muy seria.

—Te pones muy loco. ¿Qué te pasa? —Silencio.— ¿Y a mí qué me pasa? Tienes labios con figura y un lunar bien redondo como de luna llena. ¡Pero negra!

¿Cuánto tiempo habrá pasado?

—¡Ándale, ya, siéntate a desayunar!

Me llevó al comedor, su rumy miraba tele. Me sirvió huevo a la mexicana, pan, café, un beso en los labios.

—Me cae que me pongo bien pinche maternal contigo —encendió un cigarro, se fue a sentar al sillón junto a su rumy. Casi no comí, no sentía hambre. Me despedí de las dos de lejos.

Bajando las escaleras me detuve cosa de segundos.

Esa tarde tenía cita con D’Nasio. No fui. Días después caí por su consultorio sin avisar.

—Llamé y me dijeron que ya no trabajas ahí —dijo D’Nasio nada más recibirme.

—No, ya no trabajo.

—Otra vez.

—Sí. Está mal, ¿no?

—¿Sientes que está mal?

—No.

—Pero ya discriminas entre saber y sentir.

—Los progresos son así, un día empiezas y otro avanzas o regresas.

—Llevamos un mes de tratamiento.

—Pero nunca será suficiente, ¿no es así?

—Apenas un mes.

—Sí, un mes. Tú crees que progresaré.

—Tú qué sientes, eso es lo importante.

—Eres el doc.

Enmudecimos un rato.

—¿Qué? ¿Te vas a servir?

—Hoy no. —Abrió la boca y jaló un poco de aire, para soltarlo.

—¿Quieres decirme algo?

Rió.

—Quisiera que pudieras divertirte con esto: Lo, no quiero que te hagas ilusiones…

—…porque si me hiciera ilusiones, entonces habría progresado.

Asintió con la sonrisa seca.

—¿Y Ana?

—Terminamos hace como una semana.

—¿Pasó algo?

—Nada. La Ana. La llamé y me dijo que entendiera que no somos nada.

—¿Qué le respondiste?

—Eso. Que ya no llamaría.

Vuelta a callar.

—Has bajado doce kilos.

—Te creo. No lo he notado.

18 de agosto de 2009

Morir

Diana (ver dos posts abajo) está muerta. Hoy, desde media tarde. Lo único concreto.
Pinche Diana, si todavía haces falta.
Y ya.

Esta mierda de llorar.



Es inverosímil pretender una suerte de entendimiento lógico a lo que nos pasa. A los vivos, quiero decir.
Hace todavía tres semanas mi ingesta de alcohol era muy superior a mi anterior etapa de alcoholismo, e iba a la alza, y mi cabeza reaccionaba de una manera por demás acelerada: del siempre grandilocuente delirium tremens al delirio pedestre. ¿Y qué fue de eso? Lo bueno —si puede decirse así— del alcohólico profesional —si se me permite decirlo así— y que ha abandonado esa condición más de una vez, es que con la misma presteza con que se recae, se relevanta.
Y comenzaron estos últimos días de lo bueno a lo mejor hasta llegar a hoy, cuando aún con el cuerpo dolorido, justo hace dos segundos para mí Diana muriera vía méil.

••

Hace unos diez años, sentados en una mesa del antiguo restaurante del Centro Cultural Universitario de la UNAM, Diana, Héctor y yo platicábamos de varias cosas: nuestras primeras experiencias sexuales, la idea del amor contrapuesta a la maravilla del enamoramiento, los escritores que parecen escribir pidiendo a gritos una película para sus novelas, nuestro futuro más bien poco promisorio, los antiguos amigos comunes, el derrotero sorprendente de nuestros familiares, etcétera. De pronto, una pregunta mía: ¿quién de los tres moriría primero?
—Mja —soltó Héctor—, ¿cómo quién, güey? Pues tú.
Los tres estuvimos de acuerdo.
Todo lo indicaba.

•••

Héctor [ver dos notas abajo] no fue conmigo a visitar a Diana cuando nos dijeron que era el momento de despedirse de ella. Yo sí la vi. Fue un viaje múltiple. A la ciudad donde viví por temporadas regresé sin reconocerla; todo mejor y peor por igual.
El personal, del taxista al joven a la enfermera (ni modo, me surge el afán antropológico y pregunto por todo), de un cinismo suicida: Godoy es peor que Cárdenas Batel; pero el menos peor era el PRI: con Él circulaba el dinero porque tenía un acuerdo con el narco, ahora ni dinero ni tranquilidad; y del centro del país —en voz de la enfermera, mejorada por el taxista—, "la verdad no sé, quién sabe, pero Calderón está de acuerdo con todos, ¿no?", "es mi forma de pensar, pero la verdad me vale madre, yo vivo aquí y si en Morelia no se puede…"
Ver a Cynthia —hermana de Diana y mi novia hace casi 14 años— fue la dulzura, con quien viví del amor una rareza, repleta de un humor en las coordenadas de las curiosidades freudianas más disfrutables; bonita, guapa e interesante, tan parecida a Geena Davis, su mente ha viajado de la unión de una llave Stilson con un ave muerta, a la idea de que su ternura por mí no debe de cambiar precisamente porque ambos hemos cambiado. También vi a Virna —otra de las hermanas—, ella de joven madura, hoy es profesional; me refiero a que al hablar de cosas impersonales (la política, el trabajo, la ciudad, el manejar, etc.; vive en Los Ángeles), da los datos estrictamente necesarios, sin dejarlos pasar al cuerpo, contrario a lo que le sucede cuando habla de su maternidad, sus amores, etc.
De la vida, ahí desayunando los tres, luego rumbo a donar sangre, después al comer, más tarde al despedirnos, reaprendimos cómo hacer cada cosa. (Faltó Lulú, algo así como la mujer que sabe todo de su espacio. Bueno, también faltó Héctor, prefirió posponerse, no ver a Diana en su estado moribil.)
Con Cynthia y Virna paseamos a los dos hijos de Diana. Un día entero sin necesidad de Diana. Ella nos vinculó desde hace más de una década. Así me gusta, sobre todas las formas de gente. En todo caso, ¿para qué dificultar el transcurso de la vida?
Así de simple: las manos, la cara, el andar, el cuerpo, la voz, la mirada… Y si hay pasado en todo eso, un pasado más o menos rico, compartido de una manera profunda pero no deliberada (y eso únicamente se corrobora pasado mucho, mucho tiempo), entonces todo fluirá con un entendimiento propio de un grupo cohesionado, como un ballet, un coro, una compañía de teatro, unos gitanos, unos cirqueros, etc. (de lo contrario, el avanzar conjunto se volverá una impostura: como los políticos, los académicos, las instituciones, las amistades por voluntad o soledad, los novios, los matrimonios, etc.). Qué sé yo.

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Diana no se ha muerto.
Sus enfermedades (el cáncer, la más visible) la hicieron vivir el dolor con la medida de un grito de 24 horas y la acción de matar a quien esté cerca (esto es cierto, tal cual, pero tardaría mucho en contarlo); todo así fue durante los días que duró la llama de su desesperación infinita. Y de eso hablamos y nos divertimos los tres —ella, Cynthia y yo—: de su anunciada muerte, hoy suya. También platicamos de sus gritos y su cuerpo deformado, y de cómo han padecido eso su madre, sus hermanas y Hans, su próximo marido si ella hubiera sobrevivido al menos unos días.
Y cuando la vi, la abstracción de eso horrible que le pasaba, sufrimiento al fin de quienes la concebimos como alguien imprescindible. Supe que su ausencia sería páramo, como ya lo es. Pegados de alguna manera a ella. Diana se me apareció entera, la mujer que siempre fue.

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A las amistades, sobre todo amigas, que en las últimas semanas me pedían no clavarme con la idea de su enfermedad y posible muerte de Diana, les repliqué: no es su enfermedad, eso ella lo sufre solita; es la idea de que ya no la volveré a ver, el enojo que eso me causa, querer decírselo… Nunca nunca nunca nunca

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La foto que sigue está compuesta por dos, se mezclaron al acabarse el rollo en mi cámara hace 15 años, ambas las tomó Diana, el original lo tiene Héctor. En la mixtura estamos él, Cynthia y yo.





18 de julio de 2009

Ángeles roqueras

No tengo la foto a la vista pero la recuerdo: mis hermanas gemelas de acaso cinco años están en movimiento encima de las sillas; las sillas del comedor son de estilo rústico, con respaldos y asientos de piel; dos de las sillas están juntas y pegadas al muro que parece sostener la imagen entera; debido al oscurecido inferior de la foto, esa pared da la impresión de estar suspendida desde arriba, como una pintura que de no ser tan literal parecería el reflejo de un sentimiento místico del siglo XVI o XVII. Es un interior, no hay luz externa, quién sabe si es de día, está nublado o amaneciendo. El foco del flash de la cámara golpea toscamente, lo que da a la imagen un brillo encendido virado hacia el verde. El marco blanco tiene la franja inferior más amplia —para rotular—, el formato es instamatic.
Pensemos en los años 70.
Salvo unos calzones blancos orlados, la hermana de la izquierda va desnuda; la otra tiene vestido de fiesta, lentes negros, botas a la rodilla. La primera (¿quién: Laura, Margarita, cómo identificarlas?) da la sensación de iniciar un viaje: su cabello dejado a su peso, una breve sonrisita y la mirada caída, acaso reflexiva, componen la cara de alguien que emprende un camino que forzosamente la aleja… como si el ir la llevara entre alegre y acongojada. A su espalda, bien plantada y volteando a mirarla fijamente, de gesto liviano, tal vez frívola, adelgazada por las sombras, su gemela tiene una mueca que se prolonga desde los labios hasta una arruguita a un lado de la nariz. ¿Qué expresión tendrán sus ojos cubiertos por los lentes negros? ¿Está burlona? ¿Fastidiada? O por el contrario, ¿está apachurrada, triste? Su frente, ninguna; pero desde la manga de su vestidito tensa el brazo hasta la flexión de la muñeca, como queriendo retener la figura de ángel sin alas que comienza a alejarse de ella.
La foto es de mis padres y no la recuerdan. Yo la robé porque algo ahí me parece maravilloso: una composición digna de un póster; casera y azarosa, movida hacia arriba. Y ellas, reflejan la dualidad que se quiera. Para mí, bien roquera. Además, esa foto condensa una época: todos los elementos la delatan. La niñas también manifiestan un orgullo, ¿acaso el de mi madre, porque en su juego ambas eran ella? ¿Qué quiso retratar mi padre?

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¿Quién de las dos en esa foto hoy tiene un par de hijas con quienes reitera ese mismo juego que tantas veces la ligó a su gemela? ¿Quién de las dos hoy enfrenta su dignidad a una de las formas más concretas de la vida: la enfermedad incurable que quiere alejarla? ¿O solidariamente cambiaron el signo de su futuro, gemelas al fin?

16 de julio de 2009

La Diana

En la presentación de Luz espejeante. Octavio Paz ante la crítica y Octavio Paz. Un sol más vivo. Antología poética, editados por ERA, mirando a Anthony Stanton, Enrico Mario Santí y Enrique Krauze en la mesa principal, muy gestuales y genuflexos siguiendo en sus ejemplares la lectura de los poemas de Paz en voz de ciertos lectores invitados; ante las miradas ensimismadas o saltarinas o apachurradas o perdidas de un salón lleno, la imaginé con su mueca típica diciéndome en voz alta:
—Ya vámonos, güey, estoy hasta la madre de estos pendejos.




La conocí recién llegada de su tierra, Morelia, en 1992 o 93, una chavita fresa, bien arregladita arribando a los salones de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, donde cursaríamos juntos algunos semestres de ciencias de la comunicación; ella terminaría la carrera, yo me dedicaría a la vida (¿¡!?). Bien pronto se le quitó lo fresa, como lentamente adquiriría su perfil radical que conserva. Éramos ingenuos pero no inocentes; discutidores pero casi nunca sin fundamentos, al menos con un ápice de ellos; en clase nos liábamos en controversias duras, vaivenes que los maestros difícilmente podían seguir e interrumpir.
En algún momento comenzamos a ir a las presentaciones y ferias de libros, a los conciertos de trovadores y otros choreros con melodía, a las lecturas abiertas de poetas y narradores; conocimos algunos, el más célebre Jaime Sabines, a quien ella regaló un beso en los labios, y a mí me aburría (años después me tocaría asistir a la velación del poeta chiapaneco en Gayoso, ya bien borracho y con una morena muy complaciente y tonta; una anécdota que ha contado hasta el cansancio Carlos Martínez Rentería, amigo de Sabines).
Luego vino mi enamoramiento por ella y su rechazo, nuestra amistad y una especie de noviazgo que nunca se nos ha quitado. En esos años me quedaba por temporadas largas a vivir con ella, y después, cada quien su rumbo. Una década más tarde todo entre nosotros se basaba en la ternura y en la comprensión de nuestras obsesiones, ya cansados de los eventos bobos de la cultura, las discusiones sin prenda, los amigos abandonados en el camino, salvo uno: Héctor Chapa (ver dos notas abajo). Él, por ahí del 1996 un día fue a casa de ella, cojieron y casi de inmediato se enamoraron.


No teníamos dinero para casi nada, aunque trabajamos.
Ella gustaba de los hombres como yo de las mujeres, el sexo lo mirábamos como la única acción personal afirmativa genuina, al mismo nivel que la poesía. Fuimos promiscuos, mucho, pero nunca salimos a cazar juntos, ¡para qué desperdiciar el tiempo así, si teníamos tanto qué hacer!: ir al cine, platicarnos nuestras conquistas (ella burlándose de todas las mías, cómo me haría bien que lo hiciera con las de ahora), cuidarnos nuestras enfermedades, hablar de lo que escribíamos o deseábamos escribir, cocinar, salir a andar con sol o lluvia, ponernos al día de los amigos, ella verme cómo me emborrachaba en una fiesta, en una cantina con conocidos o a solas nosotros dos… A ella la recuerdo si acaso tomando alguna cerveza, nada más, pues odia el alcohol, ama el tabaco y la mota, que fumamos en las situaciones más disímiles y alocadas: bañándonos, comiendo, cojiendo, ella curándome los golpes que me hice en algún pleito de borrachera, y hasta corriendo en el Zócalo a media noche después de una festividad, sin que la gente ni los policías supieran qué hacer.
A Garibaldi una noche fuimos a bailar, elegimos el lugar más sarrapastroso, ella bailó con señores de toda ralea (“ese cabrón me agarró la nalga”, “¿quieres que se la haga de pedo?”, “nel, güey, déjalo, creo que me gusta”), yo con algunas parroquianas y un par de ficheras. Al final, nada: se me había caído o me habían robado la cartera; ella tuvo que dejar su reloj, aretes, pulseras y collar; yo no llevaba nada; y ella convenció a un taxista para que nos llevara cuando algún cliente agarrara el rumbo de su casa, en Mar Tirreno, por Popotla.
Crecimos. Con sus hermanas (cuatro mujeres singulares hasta el tuétano: Lulú, Cynthia, Virna, Diana) y distintos amigos comunes vivimos una buena cantidad de aventuras en el DF y Morelia. Con ellos estuve a punto de morir, les hice pasar un pésimo fin de año cuando decidí aventarme en una barranca. Diana y yo éramos los radicales, pero a diferencia de muchísimos así de entonces, de antes y de hoy, pasamos a la acción: ella tomó la ruta de un vitalismo anarquista que no he vuelto a ver en nadie, por mi parte decidí el camino de la congestión, lo mismo de bebidas y drogas, música y literatura, que de experiencias en cualquier ámbito al que pudiera acceder. Nuestros radicalismos nos separaron, cada vez eran más espaciadas nuestras coincidencias. Pero siempre nos buscamos, queremos saber qué es de la vida del otro, y en los momentos que podemos estar juntos —como hace unos dos o tres meses— exprimimos el tiempo.
Su anarquismo siempre me admiró: cuánto valor en un mundo que somete a unos y otros: aquéllos que se asumen libérrimos en sus sentires, pensares, pesimismos u optimismos, etc.; y a esos que no sabiendo cómo elegir se acomodan a lo que sea; y a los de acá, que como yo han desarrollado un sistema de evasión de la propia historia y empequeñecido el historial social, con todo lo endeble y fracasante que eso implica.
¿Cuántos como Diana? Apartada de las instituciones al máximo, abandonando empleos en los que (¿y cómo no?) se veía rodeada de pendejos y pendejas; alejándose de reconocimientos de cualquier tipo (“gané un premio de poesía en Barcelona”, “¿también en España?, ¿y vas a ir?”, “la neta no, ya conozco esa pinche ciudad”, “pero, ¿y el premio?”, “no, güey, qué mamada”); buscando un camino alternativo para su vida y sus hijos: se refugió con Carlos, su marido muerto hace casi un par de años, en poblados de Michoacán donde ayudaba a la comunidad campesina y artesanal y a quien se dejara: el movimiento indígena amazónico en Perú, los contestatarios con VIH (Carlos, “fundador de los movimientos nacionales por el replanteamiento científico y de atención del sida”, su marido, fue creador de Monarcas Internacional, asociación civil atacada hace unos tres años por instituciones y grupos civiles como los de Letra S del periódico La Jornada, para eso sí unidos con el gobierno mismo, hace unos tres años) y tantas otras cosas (ver, por ejemplo, www.eronga.net). Para sus dos hijos buscaba un camino alterno: no escuela, no registro, etcétera.
Y ahí iba, hasta ahora. ¡Tanto que contar de ella! El lunes iremos Héctor Chapa y yo a Morelia, a despedirnos de la Diana que agoniza de cáncer linfático.

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Pedacitos de la Diana.


Me abruma
el recuerdo
me quito una mano
pa’ que deje el verso
y la rima en paz…
Pero la memoria
insiste en tu beso
y en un pescadito
que vimos nadar
y vuelvo a la arena
a recibirte en mí
y viene el recuerdo
de mi amor por ti.

– – –

Y aparezco
otra vez
donde venden
mollejitas
ilegales
y la gente
se hizo ‘lofts’
en ahuehuetes
mientras
las patrullas
en canoa
se aseguran
de que tú y que yo
dejemos
de tomar
tequila.

– – –

Saludándole
en la mano
a los caminos
me prevengo
del ardor
quemante
del frío
en mi nariz…
Y suenan
forever
las canciones
del sufrir masivo
rin – ron
retumban en mi oído
y yo mientras
le rezo
al dios
de los que reviven
porque nos mande
un hijo más
para no matarle
esta vez
a palos.

– – –

Y chup – chup
dicen mis hijos
desde sus mamilas
mientras le dibujan
sus largas vías
al tren chiquito
que corre rápido
chu–cu, chu–cu, pu–pú
mientras el maquinista
—abuelo Pancho—
nos dice adiós
enviándonos
un telegrama de amor
que leo a diario.


– – –

Y me despierto
otra vez
entre las rumbas
del solecito ajeno
—ese del lamento—
y me dispongo
—sobrepongo—
a levantarme el alma
con café caliente
y extraño a mi gatita
ronroneándome
en las piernas
y recuerdo
que ella
se quedo
a cuidar mi lago
y a mis muertos.

– – –

Con la sonrisa
en añicos
me despierto
otra vez
al eterno
juego
de hacernos
pendejos
—de la vida
sin fin—
y aunque se caigan
todas las baterias
tu y yo
hoy
entre las sábanas.

– – –

Se me recompensa
el alma
al saber
que la mandarina
da todavía
la fruta
aunque sea ahí
donde
ya no dejan
pasar
a nadie
a beberle
la sangre.


– – –

Maldita la rima
que a diario acontece
malditos los sones
y maldita yo…
Cortaré mi mano
si sale otro verso
me coso la boca:
quiero ver el sol.