Este es mi amigo Chaps de espaldas. Lo tomé mientras orinaba en medio de un maizal. Es obvio: salta a la vista. En cambio, nadie puede imaginar que unas 20 horas después yo juraría que aquella sería la última foto disparada en mi vida. Todo indicaba la inmovilidad futura de mi cuerpo para el resto de mis días. Como dice la canción de Manzanero: ¿cómo fue?, no sé decirme qué pasó.
La foto es de hace bastante tiempo, unos diez, ocho años. Chaps y yo solíamos ir en bicicleta por todas partes, ya saben, esa costumbre de los amigos de salir y hacer mundo. Aquel día era sábado, ya había pasado el tiempo de la cosecha, así que las cañas estaban secas. Era una mañana calurosa:
—¿Qué vas’a’cer, güey? —me preguntó por teléfono por ahí de las 9 de la mañana, de verdad muy temprano.
—Na, güey. ¿Tú?
—Vamos a dar un rol en la bicla.
—¿Dónde?
—N’sé, güey.
Habremos quedado pensativos unos 20 segundos. Eructé para romper el hielo, él dijo:
—¿Cómo ves Zacango?
—Camarón.
Fuimos. Casi tres horas de camino. Él llevó su ridículo sombrerito de copa que le regaló Mirna, su ex, mujerona de más de 70 kilos de peso, casi el doble de lo que él aparenta —si uno se queda con la primera imagen de ese ñango.
En un poblado cercano nos metimos a una tiendita y salimos con seis caguamas y dos bolsas medianas de papas (yo prefiero los churrumáis, él los sabritones, es bastante naco). Seguimos el alambrado perimetral del zoológico haciendo paradas estratégicas para reabastecer de nutrientes nuestro cuerpo, viendo a unos 30 metros los leones, a unos 15 las jirafas, a unos 20 los cebúes. Nos preguntamos qué animal nos gustaría ser, cuántos perros y otras mascotas habíamos tenido, calculamos el tiempo en que el rey de la selva comería a cada uno, y bueno, también hablamos de mujeres y otras cosas que no iban al caso.
Amenazaba lluvia y decidimos regresar.
Yo desperté en un hospital, conectado. Mi sobresalto hubiera sido estrepitoso, no dudo en haberme endeudado al romper todo a mi alrededor, pero no pude ni parpadear, tuve que conformarme con una taquicardia, hasta eso, no muy prolongada dado el sotalo con lidocaína administrados vía intravenosa. Pasaron varios días antes de que el Chaps se enterara que estaba hospitalizado.
—¡Saco, qué mal pedo! —me dijo unas semanas después, mientras abría sus brazos y me miraba hacer un solito en el jardín de la casa de mis padres: tuve que aprender a andar de nuevo. Mi madre desbordaba ternura, decía que había vuelto a ser su bebé —y no niego que me encantaban las papillas, sobre todo la de chícharo con pollo.
—No me acuerdo dónde, pero estoy seguro que te dejé bien —agregó el Chaps.
—Déjalo, no importa.
El médico explicó: un campesino me halló tirado en una barranca (sobra decir que mi bicla desapareció). El diagnóstico no arrojó otro resultado que éste: salvo por las fracturas, sano como un roble. Hoy no se podría decir lo mismo.
