Era mi novia. O eso quería yo. Ella no.
Insistía en la imposibilidad de cualquier relación entre nosotros, tradicional o excéntrica.
Le gustaba mucho hablar de las profundidades del alma. De su alma.
No puedo recordar con exactitud cómo era que decía. —¿Y su voz?
Únicamente tengo esa sensación de haber sido un predestinado… Esa sensación reservada a unos cuantos, de haber presenciado lo inefable; al mismo tiempo, la corazonada de estar evocando una ilusión, un modo de mentira, el tipo de verdad cuya apariencia es la invención, el desvarío típico del alucinado merecedor de burlas. No importa, los escogidos somos portadores de una verdad destinada a perderse por falta de oídos dispuestos a creer; esa soledad la han vivido tantos, incluso los propios maestros: sabios, adalides, magos, filósofos, místicos y enamorados, por mencionar los tipos más comunes.
Porque está en las formas limitadas de la creencia humana el resistirse a la evidencia de lo extraordinario. Nos negamos a reconocer la grandeza cuando la tenemos enfrente, aunque después haya quienes deseemos haberla registrado de alguna forma para esgrimir esas pruebas en defensa de nuestra palabra…
Fueron innumerables nuestras pláticas, a veces parecían infinitas, nos daban las tres o cuatro de la madrugada. Como cualquier sabiduría, la de Ana seguía multitud de caminos para llegar al mismo territorio ignoto para la inteligencia promedio. Unas ocasiones comenzaba por algo similar a un cliché, otras por un comentario ligero, gracioso, lépero, cínico; también tenía momentos crípticos, emitía un enigma y uno debía esperar a que ella lo revelara previa mirada compasiva, sonrisa, caricia y cigarro.
Un día, tras uno de sus secretos no siguió nada. Esperé prudentemente, o tal vez dejé pasar el tiempo para observarla fumar en silencio, los ojos entrecerrados, la cara vuelta a un tiempo y un lugar donde —lo tenía bien claro yo— ella entraba sin acompañantes.
La miré enamorado, ese era mi privilegio.
Mis ojos siguieron distintas rutas, de sus labios a sus oídos, de las comisuras de sus ojos a las raíces de su pelo, de su nariz al contorno de su barbilla, de su pecho a su cadera, de su piel morena al tornasol de su espíritu… Qué se yo.
La contemplé detenidamente.
La eternidad me regalaba una porción y la aproveché a conciencia: la memoricé por enésima ocasión.
La vi de un extremo a otro.
Acaso en ese trance me di cuenta de mi carácter de elegido. Justo cuando cualquiera se hubiera sentido incómodo y hasta ridículo en medio del silencio, yo me reconocía en presencia de un misterio.
La observé a mis anchas.
Seguí sus manos llevando el cigarro a sus labios, tallar algún lugar en su cara, rascar con las yemas una comezón en su pierna, aventar la colilla para acomodarla con arte de prestidigitador entre las barras de la alcantarilla, y acto seguido acomodar su pelo.
Mirarla. Una vez. Otra más.
Sin embargo, en cierto momento me pareció que esperaba una respuesta a su confidencia. Dudé. Quise proponerle emprender camino, ir por un helado, porqué no al cine.
—Sí, hay quien nació para sufrir —hablé casi sin darme cuenta.
Como podía ser cruel, esperé una andanada de frases duras, acaso un pues es lo que hay, si quieres, si no, ya sabes; o bien un me vale madres lo que pienses, total, ya bien pronto te voy a mandar a la chingada; o sigues perdiendo el tiempo siendo tan cursi, mira las cosas, date cuenta cómo a ninguna le importas.
—No. Yo desde antes —dijo.
Con ella empecé a andar —si así puedo decirlo puesto que en contadísimas ocasiones estuvimos en un lugar distinto a su sillón o su cama— hace unos dos años. Unos meses pasado el accidente que marcó mi cara, un infortunio sucedido la noche anterior a diciembre, cuando mi amiga Florencia y su pretendiente me invitaron a la Cantina Centenario; bebí una buena cantidad de cervezas, me metí una ensalada de mostaza con azúcar glas y camino de regreso perdí el equilibrio en mitad de la calle, junto a una hermosa jardinera. Justo debajo del pómulo izquierdo se me enterró una de las puntas de la reja de la jardinera, todo fue muy rápido, la cara de urgencia de Florencia, su mandato de vámonos, vámonos, eso está muy grave, mis gritos a la entrada del hospital: qué no hay nadie aquí, atiéndanme que me estoy muriendo.
A pesar de no haber perdido la conciencia, al llegar la doctora me durmió; y no obstante salvarme la visión del lado izquierdo, sus honorarios por la cirugía más los de la hospitalización me salieron en un ojo de la cara. La barra hirió a profundidad, casi hizo completa la trayectoria que los médicos conocen como la matriz de Gage; es decir, alcanzó el lóbulo frontal, con mayor precisión la zona ventromediana dorsolateral izquierda, aparte de haber rasgado la dorsolateral derecha por mis movimientos para zafarme del barrote.
Desperté casi dos días más tarde con una curación inmensa. Hágase de cuenta una bola de hinchazón, algodones, vendas y catéter. El lado derecho de mi cara libraba escasamente el bonche; los sedantes me permitían hablar a medias y sin dolor, incluso responder la bromas de Florencia, que no paraba de tomarme fotos. No fue lo que te metiste en la Centenario sino una cáscara de caset (sí, increíble, hay quien sigue usando casets). Florencia recuerda haber ido abrazada de su pretendiente, ver un brillo tirado unos pasos delante de mí, reconocerlo como la caja de un caset, decirme aguas ahí, mi comentario de lo lindo de la jardinera, cómo resbalé, levanté la patas y su idea clarita de este güey ya se mató.
Pasé varias semanas en casa durmiendo en periodos nunca mayores a quince, veinte minutos, de día o de noche, saliendo a la calle únicamente para ir al consultorio de la doctora a cambiarme la curación, comiendo pequeñísimos trozos de la comida preparada por doña Angie, pensando en los pendientes del trabajo. Se podría decir que sufría.
Pero la más grande sorpresa llegó cuando por fin la doctora dejó mi cara libre de vendas: su arte quirúrgico dejó una líneas donde yo imaginaba quedaría un boquete digno competidor de la deformación de Xenakis, y del mismo lado. Para nada. Las cicatrices con el tiempo se han suavizado, quienes me ven sin información previa suponen alguna cortada grande y profunda (la misma creencia de Ana), pero no la herida verdadera; han llegado al extremo de proponer una versión alterna a la historia de Florencia: que en realidad caí sobre el vidrio de la puerta de mi balcón, roto desde hace meses (tengo que cambiarlo, me digo de tanto en tanto), y seguramente por intentar bailar, porque tú cabrón, bailas horrible, eres un peligro para la estética del baile y para la gente, al menos esa vez tú fuiste el único herido.
En el trabajo las cosas fueron simples. Recién llegando de mi convalecencia, saqué los pendientes acumulados, y sí, admito no ser el de antes, me hice algo temerario y… para decirlo ya: conozco cuáles son lo verdaderos miedos de las personas. Si había una junta importante, yo aventuraba propuestas audaces dejando a todos boquiabiertos. Si para algo me urgían, de inmediato me escuchaban discurrir acerca de la banalidad de lo urgente ante el peso de lo importante. Todo era inútil, nadie, ni propios ni extraños comprendían. Limitados del pensamiento, un día me citaron para explicarme cuánto había cambiado: entendemos la magnitud de tu accidente y valoramos tu valor al regresar a trabajar, sin embargo, creemos que tu comportamiento ya no representa la institucionalidad que aquí necesitamos y hemos pensado que es mejor que quedemos en los términos que a todos nos convengan… aquí tienes… Tomé el cheque sin mirar la cantidad. Extendí la mano y estreché las del otro lado. Era demasiado para ellos y estuve de acuerdo.
Para ese momento Ana —a decir verdad, lo único importante para mí, ella— y yo cumplíamos casi un tercio de año de estar juntos, si se me permite decirlo de esa manera, algo que a ella le resultaría, sin duda, digno de una mueca agria, justo igual a la de su cara al revelarme la mayor de sus profundidades: Yo soy sufrimiento. Fue en ese momento, lo sé ahora, que empezó a morir nuestra no–relación. Un timbrazo en mi celular, contesté de manera automática: ¿Señor Lo Hiancia? Sí, dígame. Soy el neurólogo Antonio D’Nasio, su teléfono me lo dio la doctora Claudia Mon… Sí, la doctora. Exactamente, ella me dio su teléfono, estoy interesado en su caso precisamente, le llamo porque me gustaría hacer una cita con usted, quisiera platicar con usted; mis servicios no le causarán ningún gasto, estoy en un grupo de estudio sobre casos de lesiones como la suya para un centro de investigación en neurología y psicología, ¿no sé si le interese? Sí, dígame. Bueno, si le parece bien, en un momento le enviaré a su celular un mensaje con mi dirección, ¿le parece bien una cita para mañana a las tres de la tarde? Sí.
La llamada no interrumpió mi embeleso por ella, pero sí rompió nuestro instante de comunión. Iniciamos la ruta a su departamento, como todas las noches nos besamos en el sillón con la tele prendida hasta la llegada de su rumy, ellas intercambiaron pormenores del día; nos enfilamos a su cuarto, nos desnudamos y siempre me he preguntado porqué jamás iniciamos el ritual en la cocina o en el baño, en la escalera del edificio, en la calle… Ya cállate, exigiría ella si me escuchara solicitando al pasado una rutina de novios enfebrecidos en vez de aquella de matrimonio reciente y aburrido.
A Ana la conocí un mes antes del accidente, en la cola para entrar a un teatro a finales de octubre, y la volví a encontrar en marzo siguiente casi por casualidad, charlamos largo rato de esto y aquello, nos pasamos los teléfonos y a los pocos días nos enviábamos mensajes para ir al teatro, a tomar cervezas, a comer pizza, a platicar. Así me enteró de su costumbre de ser despiadada, la peor de todas (estoy bien podrida), y la consiguiente soledad a pesar de saberse rodeada de incondicionales camaradas (la verdad, soy bien buena onda). Después se mudó de departamento y me invitó a conocerlo.
Con D’Nasio pasé por el examen para síndrome cerebral orgánico, de la escala Wechsler de inteligencia de adultos, de memoria inmediata, verbal y visual, las pruebas normalizadas de Benton de discriminación facial, los exámenes multi–Rey y multilingüe de afasia, las pruebas de orientación geográfica y de construcción de bloques bi y tridimensionales, la copia de la figura compleja de Rey–Osterrieth, vaya, incluso por las anquilosadas figuras de Rorschach. Las evidencias hicieron sonreír a D’Nasio: en todo salí promedio, bien, muy bien o excelente. Su expresión era la de un feliz desconcierto.
—¿Qué está tomando, doctor?
—¿Cómo dice usted?
—¿Que qué está tomando? ¿Qué hay en su vaso?
—Ah, un poco de huisqui en las rocas. —Y luego:— Bueno, supongo que no disminuirá en nada su IQ si se toma un huisqui conmigo, ¿no le parece?
—No sé qué me parece.
Entornó los ojos, frunció tenuemente el ceño, pasaron unos segundos, tal vez el silencio llegó al minuto y, en fin, se levantó para servir, regresó con dos vasos y puso el mío a la altura de mi cara. Ahí lo mantuvo un ratito; en seguida optó por bajarlo casi hasta mi mano en mi pierna. Agarré el vaso. Él caminó muy lentamente a su lugar, yo diría que iba reflexionando, se acomodó en el sillón con la cabeza recargada en el cojinete del respaldo y brindó: por su lesión.
—Sí, por mi lesión.
—Y dígame, ¿cómo fue que sucedió? Quiero decir, no solamente el accidente, también la operación, la recuperación, me imagino que habrá pasado noches de insomnio insoportables… Sabe, en esos casos, si bien no en todos, a nadie sorprende que el paciente tenga pensamientos suicidas. El paciente de un colega se mató.
—Pues miré, doctor…
Recordé en voz alta las horas, los días, y en más de una ocasión sorprendí a D’Nasio arqueado las cejas sorprendido, puede ser por lo fidedigno y pormenorizado de mi relato. De pronto levantó la mano para detenerme y me callé. Oprimió el botón intercomunicador de su teléfono para decir a la señorita Julia, su bienformada secretaria, que cambiara sus citas de ese día para mañana. Siga, me pidió. Continué, terminé y volví a guardar silencio.
—No ha bebido nada.
—No.
—¿No tenía ganas de un huisqui?
—Si usted lo dice —bebí de un golpe medio vaso, el dio un sorbo al suyo.
—Y dígame, no siente tristeza por lo que le pasó.
—Si usted lo dice.
—… Oquéi. ¿Siente tristeza por lo que le pasó?
—No.
—¿No?
—No.
—No. Salud.
Me preguntó por mi familia, quiso saber si tenía novia y si la quería —estoy enamorado, como todo el mundo, eso lo sabe ella y todos, yo mismo lo he dicho— y cómo eran mis días de desempleado. De todo le informé con pelos y señales.
—¿Y ha buscado trabajo últimamente?
—He tenido dos. El primero fue como ejecutivo de cuentas en una empresa de autopartes, y no me iba mal.
—Pero ya no trabaja ahí, ¿por qué?
—Envidias. Era el mejor vendedor…
—Y aun así lo… dejaron ir.
—Sí.
—¿Y el segundo empleo?
—En una tienda departamental.
—Cuénteme mientras me sirvo otro trago.
Se divirtió escuchando de cuántas formas se puede engañar a los compañeros y a los gerentes cambiando de un lugar a otro los productos de piso…
—¿Piso? ¿Tenía varios pisos la tienda?
—Piso de ventas. Ya sabe, llevaba algunas cremas al departamento de juguetes, vinos a dulcería, etcétera.
—¿Y cómo lo hacía?
—Tomaba las cremas y las…
—…para que no lo vieran.
—No me veían.
—… ¿Lo corrieron?
—Sí.
Le expliqué: en la tienda quisieron saber porqué se movían las cosas, analizaron las cintas de circuito cerrado.
—Sigue sin beber, pero no beba si no quiere.
—No tengo sed.
—Está bien.
Él sí quería, fue dando pequeños tragos sin dejar de ver sus hielos. Pensaba, qué duda cabe.
—Quisiera saber si siempre ha sido grueso.
—¿Grueso?
—¿Cuánto pesa?
—Pues no me he pesado desde hace tiempo, yo creo que peso lo mismo.
—¿Cuánto?
—Setenta y dos kilos.
—¿Setenta y dos kilos! A ver, veamos —por fin dejó su vaso, agarró mi expediente, lo ojeó—… Usted mide un metro con setenta centímetros, así que si su peso fuera de setenta y dos kilos debería estar delgado, ¿o no?
—Así es.
—Aquí dice que pesa noventa y siete kilos.
—No. Yo peso setenta y dos. Setenta y cinco cuando mucho.
—¿Cómo?
—Así es…
—Lo escuché… Es que… A ver, espéreme un minuto.
Se levantó apresuradamente, salió del consultorio, tardó más de un minuto, yo diría unos seis minutos. Llegó cargando un espejo de cuerpo entero —lo habrá arrancado de alguna pared—, acompañado de la señorita Julia.
—Señorita, deténgalo por favor.
—Lo, levántese y párese frente al espejo —me levanté, me paré delante del espejo, el me quitó el vaso de la mano—. Dígame, qué ve.
—Soy yo.
—Sí. Quiero decir: ¿ve a una persona delgada o gruesa?
—Como soy yo.
—¿Usted es delgado o gordo?
—Yo soy el de mejor cuerpo aquí.
—Eh… eso no le pregunté.
—Ella está hermosa.
—Tampoco le pregunté eso. Deje el espejo, Julia. —Le entregó su iPhone y bebió del que era mi vaso.— Usted, ¿está delgado?
—Claro.
—¿Podría quitarse la playera?
—Podría.
—Quítesela, por favor.
—¿Tiene apetito?
—¿Qué… Quítesela, por favor, insisto.
Le di gusto y noté un brillo especial en los ojos de la señorita Julia, incluso me fotografió. Sin embargo, D’Nasio insistió en preguntarme sobre mi complexión, así pasamos alrededor de diez minutos, o doce; la señorita Julia parecía hacer esfuerzos, no sé si por sostenerme la mirada o por querer ir al baño. Ahí terminó la consulta.
Pasaron ocho días antes de volver a recibir una llamada de D’Nasio. Me citó.
—Escúcheme con atención, Lo. Es muy importante lo que tengo que decirle.
Escuché su teoría sobre los efectos de la lesión en mi cabeza y una vez más se lanzó con una lista de preguntas absurdas: si entendía su exposición, si me daba cuenta de la magnitud del daño, si podía comprender la diferencia entre mi percepción de mí mismo y mi apariencia real, si me había percatado de cuánto había cambiado mi vida. La reunión fue larga una vez más. Él no parecía entender nada. Yo sí. Él hablaba de Phineas Gage, un pobre diablo del siglo antepasado. Yo le dije: D’Nasio, entiendo todo, de veras.
—Lo, para abreviar: ¿se da cuenta de que en el tiempo que llevamos de vernos, en las semanas que ha pasado usted yendo y viniendo aquí, en la cita anterior de cuatro horas y media, y en esta, que llevamos casi —miró el reloj en la pared a espaldas mías, con un fondo de silueta de cerebro seccionado al estilo de las figuras de reses en los muros de las carnicerías— tres horas, en ningún momento, ni por asomo, ha demostrado algún tipo de incomodidad? Y cuando cuenta de su accidente no parece tener sentimientos de tristeza o frustración, tampoco por haber perdido su vida anterior, ni siquiera cuando habla de cómo tiene usted relaciones sexuales con su novia demuestra un poco de incomodidad.
—Ana y yo tenemos relaciones sexuales satisfactorias, ella siempre se encuera para que yo la desee. Yo la busco con mis dedos, mis manos, mis labios, mi pecho. A ella le gusta emborracharme, pero lo hace para excitarnos, si bebemos mucho es por sus botellas. Nuestros juegos sexuales pasan por todas las formas. Y al día siguiente le canto cuanto mi cerebro trae en la cabeza. No siento porqué debería ser de otro modo.
Me miró y por un momento tuve la idea de un grito suyo.
—Lo. Le haré una última prueba. Por favor. Le mostraré dos imágenes, pero por favor, tárdese en decirme qué ve. Por favor.
—Por favor.
—Le enseñaré dos fotos y… por favor, y sé que me entiende per–fec–ta–men–te —sacó de un sobre dos fotografías, me las dio—… tenga, vea la primera sin descubrir la segunda hasta que yo le diga.
—Dígame, qué ve.
—Un vientre.
—¿Cómo es ese vientre?
—Redondo.
—Descríbalo, por favor.
—Es… La foto tomada de tres cuartos de un vientre voluminoso. El vientre está caído, tiene un vello central que desciende desde un pecho a medias peludo, un ombligo grande y redondo, y la luz no es buena…
—Sí, no —soltó aire—… Siga, siga.
—Sigo. Es una barriga grande, de alguien que ha bebido mucho y comido mucho. Le creció, y por lo grande ha de ser pesado, la prueba es que cae, hace un pliegue arriba de los genitales, incluso la panza alcanza a cubrir el resorte del calzón…
—Deténgase —suspiró—. Me voy a servir un vaso y, por favor, en lo que me sirvo, piense sin decirme nada, sólo piénselo, en los días en que estuvo en su casa, los días subsiguientes a su operación por el accidente. Específicamente quiero que recuerde cuando iba a su casa doña Angie. ¿Está bien?
—Sí.
—Bien.
Pasó su mano derecha por su frente. Suspiró una vez más y se levantó para servirse un huisqui. Yo lo miraba. Regresó a su lugar, bebió. Me miró.
—¿Recuerda?
—Claro.
Puso los codos sobre el escritorio, entrelazó los dedos a la altura de su boca.
—¿Qué pasó entonces?
—Doña Angie llegaba diario a mi casa a las once de la mañana, once y veinte cuando mucho. Yo por lo general todavía estaba en la cama, dolorido y fastidiado por la mala noche, ella me saludaba y preguntaba si quería desayunar…
—¿Cómo le preguntaba?
—Buenos días, Lo, ya llegué. ¿Quiere desayunar?
—¿Y usted qué respondía?
—Quiero desayunar.
—¿Y ella qué decía?
—¿Qué quiere desayunar?
—¿Y usted qué respondía?
—Quiero desayunar.
—Y desayunaba.
—Ya ve, usted lo recuerda bien, ¿para qué quiere que le cuente de nuevo?
Apoyó la frente en las manos, las desenlazó, agarró el vaso y bebió.
—Siga, por favor, no se distraiga.
—Ella hacía el quehacer del departamento y luego se ponía a cocinar la comida.
—¿Qué preparaba?
—De todo: sopa de pasta, crema de chícharo o de brócoli, milanesas, pollo encacahuatado, no enchilado ni puerco porque me lo prohibió la doctora; agua de…
—¿Qué le gustaba más a usted?
—Me gustaba más…
D’Nasio quedó mirándome fijamente.
—¿Qué?
—Que.
—¿Qué le gustaba más?
—Me gustaba…
—¿No lo recuerda? —Sonrió y bebió.
—Sí. No.
—¿Sí? ¿No?
—Sí.
—¿Qué?
—Que…
—¿Lo ve?
Bajé la mirada a la foto.
—No la foto, sino… El recuerdo de sus gustos. Dejémoslo ahí. —Bebió.— Aunque antes dígame: ¿cuántas veces al día comía?
—Tres.
—El desayuno.
—El desayuno.
—La comida.
—La comida.
—¿Ella a qué hora se iba?
—A las seis, siete cuando mucho.
—¿Y usted a qué hora cenaba?
—Desde las seis, siete cuando mucho.
Se aventó hacia atrás con los brazos bien apoyados en la orilla del escritorio y una sonrisa amplia. Estiró el brazo para agarrar su vaso.
—¿Qué le decía ella cuando se iba?
—Ya ve, ya está aprendiendo a comer bien.
—¿Y usted qué hacía?
—Comer bien.
Sin dejar la sonrisa asintió y sacudió la cabeza negando, pienso que estaba confundido. Se talló un ojo y se levantó para servirse de nuevo un huisqui.
—Vea la siguiente fotografía, por favor.
Le hice caso.
La panza era más pequeña porque en la imagen estaba todo el cuerpo y mi cara arriba de él.
—Es mi cara.
Regresó la vista a mí antes de sacar un hielo con la pinza de la hielera.
—Es usted —regresó a su tarea.
—Sí, soy yo.
—¿De veras se reconoce? —Dio media vuelta agitando los hielos en su vaso.
—¿Por qué no? Me veo diario en el espejo, es mi cara.
—Ah, no. Es su cuerpo.
—No es mi cuerpo.
Entonces sonó mi celular, era de un trabajo, me aceptaban. D’Nasio y yo nos despedimos.
Un mes después desperté en el cuarto de Ana. Ella me dijo que estaba crudo y levantó un cadáver de Johnny Walker de un lado de la cama. Estaba amorosa de manera inverosímil.
—¿Te emborrachaste? —le pregunté, se rió, cayó sentada a los pies de su cama.
—De veras que te pones bien denso. Ándale, vístete, apúrate en lo que te preparo de desayunar, ya es bien tarde, te van a correr.
Salió del cuarto, me dolía la cabeza y estuve a punto de caer…
Vi un barandal y cerré los ojos.
De pronto ella estaba parada junto a mí, agarrándome la cabeza.
—Pobre jodido. No tienes cabeza y el tiempo para ti es muy raro, haces lo que quieres con él.
La miré.
—Ya, no me hagas caso. Creo que también tengo cruda. ¿Quieres huevito?
—Quiero huevito —me jaló el cabello—, ¡ay!
—Apúrate o báñate, pero apúrate, ya son más de las once.
—Me baño.
Sentí el agua caliente en mi espalda al agacharme a ver el dedo pequeño de mi pie izquierdo. Tenía un lunar y pensé que era como una copia diminuta del lunar redondo de mi cara, como una luna llena de negro.
Salí del cuarto ya vestido y la busqué en la cocina, quise besarla, amasar sus nalgas y ella se rió, ¡ya güey…!, ya vete que te van a correr.
—Tienes los ojos rasgados y la piel muy morena —quedó con la sonrisa quieta.
—No mames. ¿…te acuerdas todo lo que me dijiste ayer?
—Sí. Porqué no.
—¿De todo?
Se puso muy seria.
—Te pones muy loco. ¿Qué te pasa? —Silencio.— ¿Y a mí qué me pasa? Tienes labios con figura y un lunar bien redondo como de luna llena. ¡Pero negra!
¿Cuánto tiempo habrá pasado?
—¡Ándale, ya, siéntate a desayunar!
Me llevó al comedor, su rumy miraba tele. Me sirvió huevo a la mexicana, pan, café, un beso en los labios.
—Me cae que me pongo bien pinche maternal contigo —encendió un cigarro, se fue a sentar al sillón junto a su rumy. Casi no comí, no sentía hambre. Me despedí de las dos de lejos.
Bajando las escaleras me detuve cosa de segundos.
Esa tarde tenía cita con D’Nasio. No fui. Días después caí por su consultorio sin avisar.
—Llamé y me dijeron que ya no trabajas ahí —dijo D’Nasio nada más recibirme.
—No, ya no trabajo.
—Otra vez.
—Sí. Está mal, ¿no?
—¿Sientes que está mal?
—No.
—Pero ya discriminas entre saber y sentir.
—Los progresos son así, un día empiezas y otro avanzas o regresas.
—Llevamos un mes de tratamiento.
—Pero nunca será suficiente, ¿no es así?
—Apenas un mes.
—Sí, un mes. Tú crees que progresaré.
—Tú qué sientes, eso es lo importante.
—Eres el doc.
Enmudecimos un rato.
—¿Qué? ¿Te vas a servir?
—Hoy no. —Abrió la boca y jaló un poco de aire, para soltarlo.
—¿Quieres decirme algo?
Rió.
—Quisiera que pudieras divertirte con esto: Lo, no quiero que te hagas ilusiones…
—…porque si me hiciera ilusiones, entonces habría progresado.
Asintió con la sonrisa seca.
—¿Y Ana?
—Terminamos hace como una semana.
—¿Pasó algo?
—Nada. La Ana. La llamé y me dijo que entendiera que no somos nada.
—¿Qué le respondiste?
—Eso. Que ya no llamaría.
Vuelta a callar.
—Has bajado doce kilos.
—Te creo. No lo he notado.