18 de agosto de 2009

Morir

Diana (ver dos posts abajo) está muerta. Hoy, desde media tarde. Lo único concreto.
Pinche Diana, si todavía haces falta.
Y ya.

Esta mierda de llorar.



Es inverosímil pretender una suerte de entendimiento lógico a lo que nos pasa. A los vivos, quiero decir.
Hace todavía tres semanas mi ingesta de alcohol era muy superior a mi anterior etapa de alcoholismo, e iba a la alza, y mi cabeza reaccionaba de una manera por demás acelerada: del siempre grandilocuente delirium tremens al delirio pedestre. ¿Y qué fue de eso? Lo bueno —si puede decirse así— del alcohólico profesional —si se me permite decirlo así— y que ha abandonado esa condición más de una vez, es que con la misma presteza con que se recae, se relevanta.
Y comenzaron estos últimos días de lo bueno a lo mejor hasta llegar a hoy, cuando aún con el cuerpo dolorido, justo hace dos segundos para mí Diana muriera vía méil.

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Hace unos diez años, sentados en una mesa del antiguo restaurante del Centro Cultural Universitario de la UNAM, Diana, Héctor y yo platicábamos de varias cosas: nuestras primeras experiencias sexuales, la idea del amor contrapuesta a la maravilla del enamoramiento, los escritores que parecen escribir pidiendo a gritos una película para sus novelas, nuestro futuro más bien poco promisorio, los antiguos amigos comunes, el derrotero sorprendente de nuestros familiares, etcétera. De pronto, una pregunta mía: ¿quién de los tres moriría primero?
—Mja —soltó Héctor—, ¿cómo quién, güey? Pues tú.
Los tres estuvimos de acuerdo.
Todo lo indicaba.

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Héctor [ver dos notas abajo] no fue conmigo a visitar a Diana cuando nos dijeron que era el momento de despedirse de ella. Yo sí la vi. Fue un viaje múltiple. A la ciudad donde viví por temporadas regresé sin reconocerla; todo mejor y peor por igual.
El personal, del taxista al joven a la enfermera (ni modo, me surge el afán antropológico y pregunto por todo), de un cinismo suicida: Godoy es peor que Cárdenas Batel; pero el menos peor era el PRI: con Él circulaba el dinero porque tenía un acuerdo con el narco, ahora ni dinero ni tranquilidad; y del centro del país —en voz de la enfermera, mejorada por el taxista—, "la verdad no sé, quién sabe, pero Calderón está de acuerdo con todos, ¿no?", "es mi forma de pensar, pero la verdad me vale madre, yo vivo aquí y si en Morelia no se puede…"
Ver a Cynthia —hermana de Diana y mi novia hace casi 14 años— fue la dulzura, con quien viví del amor una rareza, repleta de un humor en las coordenadas de las curiosidades freudianas más disfrutables; bonita, guapa e interesante, tan parecida a Geena Davis, su mente ha viajado de la unión de una llave Stilson con un ave muerta, a la idea de que su ternura por mí no debe de cambiar precisamente porque ambos hemos cambiado. También vi a Virna —otra de las hermanas—, ella de joven madura, hoy es profesional; me refiero a que al hablar de cosas impersonales (la política, el trabajo, la ciudad, el manejar, etc.; vive en Los Ángeles), da los datos estrictamente necesarios, sin dejarlos pasar al cuerpo, contrario a lo que le sucede cuando habla de su maternidad, sus amores, etc.
De la vida, ahí desayunando los tres, luego rumbo a donar sangre, después al comer, más tarde al despedirnos, reaprendimos cómo hacer cada cosa. (Faltó Lulú, algo así como la mujer que sabe todo de su espacio. Bueno, también faltó Héctor, prefirió posponerse, no ver a Diana en su estado moribil.)
Con Cynthia y Virna paseamos a los dos hijos de Diana. Un día entero sin necesidad de Diana. Ella nos vinculó desde hace más de una década. Así me gusta, sobre todas las formas de gente. En todo caso, ¿para qué dificultar el transcurso de la vida?
Así de simple: las manos, la cara, el andar, el cuerpo, la voz, la mirada… Y si hay pasado en todo eso, un pasado más o menos rico, compartido de una manera profunda pero no deliberada (y eso únicamente se corrobora pasado mucho, mucho tiempo), entonces todo fluirá con un entendimiento propio de un grupo cohesionado, como un ballet, un coro, una compañía de teatro, unos gitanos, unos cirqueros, etc. (de lo contrario, el avanzar conjunto se volverá una impostura: como los políticos, los académicos, las instituciones, las amistades por voluntad o soledad, los novios, los matrimonios, etc.). Qué sé yo.

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Diana no se ha muerto.
Sus enfermedades (el cáncer, la más visible) la hicieron vivir el dolor con la medida de un grito de 24 horas y la acción de matar a quien esté cerca (esto es cierto, tal cual, pero tardaría mucho en contarlo); todo así fue durante los días que duró la llama de su desesperación infinita. Y de eso hablamos y nos divertimos los tres —ella, Cynthia y yo—: de su anunciada muerte, hoy suya. También platicamos de sus gritos y su cuerpo deformado, y de cómo han padecido eso su madre, sus hermanas y Hans, su próximo marido si ella hubiera sobrevivido al menos unos días.
Y cuando la vi, la abstracción de eso horrible que le pasaba, sufrimiento al fin de quienes la concebimos como alguien imprescindible. Supe que su ausencia sería páramo, como ya lo es. Pegados de alguna manera a ella. Diana se me apareció entera, la mujer que siempre fue.

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A las amistades, sobre todo amigas, que en las últimas semanas me pedían no clavarme con la idea de su enfermedad y posible muerte de Diana, les repliqué: no es su enfermedad, eso ella lo sufre solita; es la idea de que ya no la volveré a ver, el enojo que eso me causa, querer decírselo… Nunca nunca nunca nunca

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La foto que sigue está compuesta por dos, se mezclaron al acabarse el rollo en mi cámara hace 15 años, ambas las tomó Diana, el original lo tiene Héctor. En la mixtura estamos él, Cynthia y yo.