Propensos a ella —divina o pacheca, iracunda o aburrida…— perdemos la cabeza alguna vez.
Nos tropezamos con ella —la propia o de alguien más— cada determinado tiempo y si tenemos suerte, será levantada y colocada donde, si no es el lugar correcto, por lo menos se le permita seguir funcionando con el cuerpo de acuerdo a lo cuerdo.
Pese a saberlo —lo común que es el extravío—, solemos confundir ese hecho con ciertas actitudes o fachas o momentos que según nosotros son dignas de aplauso o admiración: desarreglo como exotismo, agresividad como arrojo, estupidez como extrema genialidad, nihilismo como aburrimiento, ocurrencia como ironía e ironía como la agudeza democratizada —¡bienaventurados nuestros días, cuando basta proponérselo para alcanzar las cotas más altas del ironista implacable, mordaz, irremediable!— Etcétera.
Con todo, llegado el momento, cuando menos lo advertimos —de inmediato, si se tiene un olfato muy desarrollado—, huimos de quienes dejan ver esas actitudes, fachas o momentos. Por supuesto, se volverá trágico si la persona en tal caso somos nosotros mismos.
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No habiendo dejado que nuestra cabeza creara su propio mundo, con sus genuinas ideas, supersticiones, fantasías, anhelos incluso políticos, objetivos de alguna índole, en fin… un día el vicio de empeñarla en las modas, aun las que parecen del ‘genio y figura’, termina. Algunos nos cansamos, abandonamos los grupos o relaciones posadas, etcétera. Aunque de golpe no podemos separarnos de todos, nos acompañamos de algunas personas entrañables que también deciden andar por fuera, muy pocos; y quién sabe porqué algunos de ellos mueren, otros se van lejos, y así uno va quedando solo de veras.
Más allá de esa soledad, lo que se impone ante uno es elegir el rumbo; ahí vamos, dando tumbos, eventualmente lo lograremos, encontraremos puerto de partida, tendremos que inventar nuestra cartografía y ponernos a trabajar —cuando cada gesto, actitud y momento, es significativo, trascendente, dotado de sentido; y los alardes terminan por ser divertidos.
Eso, el trabajar en lo propio, tarde o temprano nos lleva a la colaboración con gente: para trabajar en lo suyo y en lo nuestro. Entre esas personas habrá de todo: quienes sigan su moda, quienes no tengan ni hayan tenido alguna, quien no sepa qué haría sin ella… Por nuestra parte, sólo dejaremos pasar a la cocina a cuentagotas, cada uno decidirá cómo. Yo me quedo con quienes conservan su brillo con frecuencia a pesar de sí mismos.
¿Y qué pasa cuando ese brillo desaparece o su propietario lo mira como anómalo? Hacen todo por alejarse, por dinamitar la relación —tan amados de sí mismos.
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Hay una forma de perder la cabeza que sobresale, me refiero a las situaciones de dependencia, sea por amor, por inseguridad, porque el sujeto se sabe de difícil aceptación… En fin, porque sólo se haya en presencia del otro, por alguna razón.
En octubre pasado, como parte de la conmemoración de los 40 años del movimiento del 68, Radio UNAM emitió una serie de cápsulas en las que confrontaba opiniones de dos invitados, uno de aquellos años y otro de los nuestros; esto es, una persona de alrededor de 60 años y otra que anda en los veintitantos. Una de las segundas fue Jessy Bulbo, exbajista de Las Ultrasónicas. Ella, al final de la cápsula, se lamentó porque fuera una imposición la independencia personal. Yo también lo lamento, y creo que habría que rastrear (pido una historia de esa idea) dónde está el origen de la obligación de ser —o mostrarse, para el caso es lo mismo— independiente. Lo inhumano en ello radica en que no sabemos establecer relaciones basadas en la dependencia, ¡y son tantas y tan variadas!
[Publicado originalmente en febrero de 2009]

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