Pensemos en los años 70.
Salvo unos calzones blancos orlados, la hermana de la izquierda va desnuda; la otra tiene vestido de fiesta, lentes negros, botas a la rodilla. La primera (¿quién: Laura, Margarita, cómo identificarlas?) da la sensación de iniciar un viaje: su cabello dejado a su peso, una breve sonrisita y la mirada caída, acaso reflexiva, componen la cara de alguien que emprende un camino que forzosamente la aleja… como si el ir la llevara entre alegre y acongojada. A su espalda, bien plantada y volteando a mirarla fijamente, de gesto liviano, tal vez frívola, adelgazada por las sombras, su gemela tiene una mueca que se prolonga desde los labios hasta una arruguita a un lado de la nariz. ¿Qué expresión tendrán sus ojos cubiertos por los lentes negros? ¿Está burlona? ¿Fastidiada? O por el contrario, ¿está apachurrada, triste? Su frente, ninguna; pero desde la manga de su vestidito tensa el brazo hasta la flexión de la muñeca, como queriendo retener la figura de ángel sin alas que comienza a alejarse de ella.
La foto es de mis padres y no la recuerdan. Yo la robé porque algo ahí me parece maravilloso: una composición digna de un póster; casera y azarosa, movida hacia arriba. Y ellas, reflejan la dualidad que se quiera. Para mí, bien roquera. Además, esa foto condensa una época: todos los elementos la delatan. La niñas también manifiestan un orgullo, ¿acaso el de mi madre, porque en su juego ambas eran ella? ¿Qué quiso retratar mi padre?
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